domingo, 16 de mayo de 2021

Hablando de homofobia: El discurso de odio no es una opinión

 


Johan León Reyes

@johanleonreyes  / @azulpositivo.org

Es frecuente escuchar expresiones como “en mi humilde opinión” o “yo no soy homofóbico pero…” seguidas de otras como “las parejas del mismo sexo no deben… “ (tener hijos, adoptar, mostrar su afecto en público, hablar sobre sus temas personales, ser donantes de sangre y un interminable etcétera) en sociedades que no han logrado avanzar en el respeto a la diversidad sexual.

Dentro de los lentos y trabajosos avances que se han alcanzado en la región sudamericana Venezuela se encuentra en los lugares con mayores atrasos en la materia. Un Estado que se autodenomina de izquierda aunque a todas luces conservador en estos temas y una todavía fuerte influencia de las religiones sobre las decisiones políticas han solapado las iniciativas sociales como, por ejemplo, el matrimonio igualitario o leyes específicas para la protección de personas lesbianas, gais, bisexuales trans e intersexuales.

Algunos consideran que las legislaciones específicas serían una forma de discriminación positiva, sin embargo cabe preguntarse ¿una persona heterosexual es botada de su casa, despedida de su trabajo o humillada públicamente por el hecho de serlo? Las y los homosexuales, bisexuales y trans sí sufren estos episodios. La población transgénero y transexual tiene enormes limitaciones (más que el resto de la población) a la hora de acceder a servicios de salud pues además de que su identidad legal y expresión de género pueden diferir de lo que la limitada capacidad de muchos funcionarios pudieran entender también son considerados como potenciales focos de infecciones de transmisión sexual. La estrategia no suele ser la negación directa de los servicios sino la solicitud de insumos complejos, costosos o no disponibles para negar la atención bajo esas excusas.

Lo mismo sucede al momento de las oportunidades laborales o de estudios, las personas trans son frecuentemente discriminadas y excluidas de estos contextos por lo que sus posibilidades de sustento se limitan a trabajos informales sin posibilidades de avances o el trabajo sexual, el cual impone una serie de riesgos adicionales, principalmente en materia de seguridad personal y salud.

En el caso de los programas sociales como los denominados CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción) es frecuente la discriminación y exclusión de las parejas del mismo sexo o las personas trans por considerar que no son familias y no son elegibles para estos beneficios. Esto no podemos afirmar que se trate de una política de Estado sino más bien de los criterios personales de líderes comunitarios influenciados por lo que consideran valores morales y religiosos. Esta realidad es frecuente tanto en los contextos urbanos como en los rurales.

Si bien el contexto global incide de manera tímida en los cambios sociales referentes a  estos temas, la influencia de los fundamentalismos religiosos sigue haciendo resistencia a los avances y la equivalencia en derechos en Venezuela.

Urge incluir dentro de las agendas legislativas un conjunto de políticas inclusivas así como las sanciones explícitas asociadas a la discriminación por razón de orientación sexual, identidad o expresión de género; esto es una deuda histórica con cientos de miles de personas que debe empezarse a pagar.


El 17 de mayo de 1990 la Organización Mundial de la Salud (OMS) sacó la homosexualidad de las denominadas enfermedades mentales, razón por la cual este día se celebra el Día Internacional contra la Homofobia, Bifobia y Transfobia (IDAHOT según sus siglas en inglés), y desde entonces ha sido un largo recorrido que ha permitido la despenalización en algunos países, el reconocimiento del matrimonio igualitario y legislaciones inclusivas, aunque por otro lado existe un importante número de países criminaliza la orientación sexual, identidad y expresión de género distintas a la heteronormativa, en algunos casos con penas de privación de libertad y en otros con la pena de muerte, generalmente asociada a los regímenes fundamentalistas en los que la religión y el Estado se fusionan para la generación de las leyes.

La homofobia (LGBTIfobia) va mucho más allá los gravísimos crímenes de odio; también se expresa en discursos de odio de las religiones, en la exclusión de los contextos laborales y educativos así como en el de acceso a la salud, en la invisibilización de este segmento de la población en las políticas de Estado y en muchos otros ámbitos. La invitación es, antes de emitir opiniones que busquen cercenar los derechos de cualquier grupo social analizar el contexto, practicar la empatía y comprender que los discursos de exclusión más temprano que tarde generan consecuencias a otras personas. El odio no es una opinión.

 

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